Países Bajos y Alemania

10/05/2017 | Sara

Primera etapa del viaje abandonando los Países Bajos para atravesar Alemania.

Primer día de viaje.

Es día 1 de mayo del 2017. Nos levantamos pronto, el día tan esperado por fin ha llegado. Vamos a dejar nuestro estudio en Almelo, una pequeña ciudad muy cerca de la frontera alemana, donde habíamos vivido los últimos meses mientras hacíamos todos los preparativos para el viaje. Quedamos pronto con la casera, que aunque se supone que debíamos de haber dejado el piso antes del día 1 lo cierto es que el día anterior era domingo y fue ella misma la que, por supuesto, no quiso venir ese día. A pesar de que vivíamos en un estudio pequeño tuvimos ciertos problemas con ella, en cuando a que decía que lo habíamos dejado sucio y las sábanas sin lavar y tonterías. Bajamos temprano a la calle un poco desencantados con la sociedad y las burocracias, pero con nuestras bicicletas preparadas. El sol se alzaba por el horizonte para darnos la bienvenida a este nuevo día, a esta nueva etapa, a esta nueva aventura. Nos marchamos con la sensación de no dejar nada atrás y miramos hacia adelante pensando en lo que está por venir. Aún no sabemos la fecha exacta del final del viaje, pero nos esperan unos meses de viaje, de cambio, de lo desconocido. He de reconocer que nos marchamos con algo de miedo en nuestros pensamientos.

Las primeras sensaciones en la bici eran buenas, habíamos estado tiempo entrenando y teníamos ganas de que este viaje y este día llegaran. Pronto dejamos atrás el tema del piso y los miedos iniciales, estábamos eufóricos y el día pasaba muy rápido.

Al rato llegamos a Denekamp, el último pueblo holandés antes de la frontera Alemana. A pesar de los nervios previos, una vez en la carretera, ese miedo inicial se diluyó. Ya era nuestro destino, no había vuelta atrás. Además, después de la despedida de la casera cualquiera se animaba a volver. Después de pasar la frontera, llena de árboles, llegamos al primer pueblo alemán, Schüttorf. Al rato tuvimos nuestra primera cuesta del viaje. Estaba claro que habíamos dejado atrás el país plano. A la tarde llegamos a nuestro primer destino, Mettingen, donde nos hospedamos en casa de Ludger, al que contactamos a través de la página web warmshowers, conocida en español como duchas calientes. Los últimos días antes de salir habíamos estado contactando gente a través de esta página para conseguir alojamiento, ya que en Alemania está prohibido acampar. Iba a ser nuestra primera experiencia en warmshowers aunque ya teníamos experiencia como couchsurfers y suponíamos que no sería muy diferente. Resultó que en su pueblo el día 1 de mayo, el día del trabajador, lo toman como el día de beber y estaban todos bastante contentos. Aun así la experiencia fue magnífica ya que tanto él como su familia fueron muy acogedores con nosotros. Cuando le dijimos que íbamos dirección Cabo Norte nos contó que su primer viaje fue ese y que lo hizo con una bicicleta típica holandesa sin cambios ni nada. Nosotros estábamos alucinados de cómo fue capaz de hacer todo eso. El hombre físicamente no era muy atlético, pero tenía una mente tan fuerte que conseguía todo lo que se proponía. Nos contó y enseñó fotos de sus viajes en bici por Mongolia y Tayikistán: ir por el desierto a 40º C o más sin una sola sombra, bastantes kilómetros al día y llegar al destino y los demás le decían que no le esperaban porque creían que no iba a llegar hasta allí, incluso se lo decían molestos, porque cómo un hombre obeso podía conseguir lo mismo que ellos. ¿Y por qué no? Hasta qué punto podemos ser tan crueles. En vez de alabar a este hombre porque en verdad ha conseguido una hazaña, le menosprecian solo por su físico. Pero este hombre nos enseñó que la mente lo puede todo y que todo lo demás no importa. También nos contó Ludger que en otra ocasión había conocido a una pareja y después del primer día el chico dijo que ella era muy lenta y la dejó atrás, así que como nuestro anfitrión iba más lento se hicieron compañeros de viaje, ya que la chica no quería viajar sola. La verdad que para nosotros todas esas historias eran fascinantes y nos inspiraban y nos dieron mucha energía. También compartió con nosotros sus próximos planes de viaje en bicicleta, esta vez acompañado por su novia.

 

Al día siguiente, a pesar de que queríamos haber madrugado bastante, lo cierto fue que estábamos cansados del esfuerzo del día anterior, sumándole que nos acostamos más bien tarde, así que no salimos demasiado pronto. Los primeros días habíamos planeado hacer bastantes kilómetros, pues en realidad no sabíamos realmente cómo iba a ser en la práctica. Ese día daban lluvia y nos advirtió Ludger, de ahí también la pereza de salir. Al final no estábamos tan preparados para la lluvia por lo que el día se nos hizo un poco pesado. Al rato de salir estábamos calados hasta los huesos, avanzábamos despacio y los ánimos no estaban muy altos.

Nos pusimos música para intentar pensar en otras cosas y poder avanzar. Pero llegó un momento en el que se nos hacía tarde y estábamos calados y más bien con frío. Habíamos planeado varias noches seguidas en warmshowers y veíamos que no llegábamos, que no teníamos donde dormir y que teníamos prácticamente todo calado. Finalmente vimos que en el pueblo que habíamos parado para ver qué hacer había un tren que llevaba cerca del pueblo en el que pretendíamos pasar la noche, así que decidimos cogerlo. Fueron pocas paradas y los últimos kilómetros, pero tampoco íbamos de puristas de la bici y la verdad que nuestro sentimiento fue de que habíamos acertado completamente con la decisión. Al llegar a nuestro destino, Oberkirchen, conocimos a Family 4 travel (www.family4travel.de), una familia alemana que viaja en coche con dos niños. Nos dijeron que les gustaría hacerlo alguna vez en bicicleta, pero que por el momento preferían el coche. Ellos habían alojado a gente que de normal seguíamos por internet como la familia supertramp y a biciclown, así que pasamos una velada muy agradable.

Nos contaron algo que siempre pasa y que solemos olvidar. Resulta que su familia tenía una cubertería de plata porque en los tiempos de hambruna después de la II Guerra Mundial, las gentes ricas de ciudad, en este caso de Hannover, iban con todas sus cosas de valor suplicando a los granjeros que se las cambiasen por comida, cuando en los tiempos de esplendor se reían de ellos por el mero hecho de que eran granjeros.

La verdad que la amabilidad y las historias de esta familia nos hicieron recobrar las fuerzas para el día siguiente, además de que todas nuestras cosas se secaron.

 

El tercer día amaneció nublado y amenazando lluvia, pero lo cierto es que no volvió a llover más. Con este comienzo, después del percance al dejar el estudio y el segundo día de lluvia, podríamos habernos venido abajo, querer abandonar, pero nada de eso. La verdad que el contacto con gente que había hecho viajes en bicicleta es demasiado enriquecedor. Aunque también teníamos un poco de estrés, pues habíamos calculado las primeras etapas por encima de nuestras posibilidades y queríamos cumplir todos los compromisos con la gente que nos iba a acoger.

Pero el tercer día se puso cuesta abajo, además, literal. Casi todo el tramo fue de bajada, con arquitectura regional que nos lo hacía más ameno. Encontramos un palacio muy bonito al que pudimos echar una ojeada y apreciar más de cerca la arquitectura. Lo malo es que a Miguel le empezó a doler en el tendón de aquiles. Estaba un poco molesto, pero como habíamos planeado parar un par de días en Hannover no le dimos demasiada importancia.

Llegando a Hannover había bastantes parques, que contrastaban con la carretera llena de camiones que iba paralela a nuestro camino. En Hannover paramos durante un par de días y eso nos sirvió para reponer todas las fuerzas después de los primeros días, aparte de para visitar la ciudad. Esta vez nuestra experiencia siendo albergados resultó un poco extraña, pero bueno, maneras diferentes de ver las cosas que también te hacen aprender. Hannover nos gustó como ciudad. No es muy grande y el centro está reconstruido respetando lo que había antes de ser bombardeada en la II Guerra Mundial. Además tiene árboles muy viejos y bonitos parques.

De Hannover nos esperaba un aburrido camino hacia Brunswick, la ciudad "rival", lo cual nos divirtió muchísimo. Los de la una se metían con la otra y viceversa por temas como deportes, tamaño, modernidad o cosas así. Y lo de camino aburrido lo decía porque cogimos la ruta que sigue el canal que atraviesa Alemania y que va en nuestra dirección hacia Berlín, y claro, pues como si te pasas muchas horas en una autopista, todo el rato es lo mismo. Hubo ratos que se hizo muy estrecho, en algunos tramos íbamos al borde del agua, un error de cálculo y... En una ocasión tuvimos que subir por un camino de tractores que estaba embarrado. Cosas del camino que nos lo hacía más ameno y divertido. A Miguel le seguía molestando un poco el tendón, a pesar de haber descansado un poco en Hannover, pero de momento decidimos seguir ruta.

Hicimos un alto en Peine para comer y allí tuvimos un percance. Entramos en un supermercado para comprar y al dejar las bicis fuera Miguel se dio cuenta que un hombre nos seguía hacia la puerta y al entrar se volvió en dirección a nuestras bicis. No sabemos que pretendería pero Miguel salió y el hombre se fue sin más. Compramos tranquilos y comimos sin más problemas. Siempre hay algo de miedo a que te puedan robar, pues la bici está muy expuesta, y nos había costado bastante conseguir todo lo que llevábamos. No nos gustaba mucho dejarlas solas, pero nos teníamos que ir acostumbrando.

Después retomamos el camino que estaba lleno de puestos de espárragos, pues es lo que estaban recolectando en ese momento.

Paramos unos kilómetros antes de llegar a la ciudad, pues nos esperaba Ulrich, un amable cicloturista jubilado amante del Tour de Francia, con el que tuvimos una charla muy agradable. Nos contó que unos meses después, él iría por Italia a donde el destino le llevase, según la gente que encontrase por el camino: sin ruta, sin teléfono, sin GPS. Escuchar historias de cicloturistas es algo casi hipnótico que cada vez nos gustaba más. ¡Es que se puede hacer de todo!

También nos advirtió que Cabo Norte es un lugar lleno de turistas que siempre está nublado. Y nos dijo que si nos pasaba como a él, nos compráramos la postal en la que sale el sol radiante alumbrando el mar. También nos dijo que notaríamos la diferencia al pasar la antigua frontera que dividía la Alemania del este y del oeste. La verdad es que fue una delicia compartir ese tiempo junto a él y nos dio bastante pena la despedida.

A la mañana siguiente nos llevó hasta Brunswick y nos la enseñó. La verdad que entre la compañía y lo bonita que es, nos encantó esa pequeña ciudad.

Además, algo que también es fabuloso de albergarte con cicloturistas es que siempre te recomiendan las mejores rutas. Así que nuestro camino hacia Magdeburgo transcurrió sin complicaciones. En algún punto de ese camino encontramos la antigua frontera que dividía Alemania, en la que aún quedaban restos de las vallas y había un cartel que lo indicaba. La verdad es que cuando estás en el sitio y piensas lo que eso significa se te ponen los pelos de punta, pero por suerte eso ya no existía. Y poco después notamos lo que nos había dicho Ulrich la noche anterior, todo parecía más pobre y decadente. Había un gran contraste entre las dos Alemanias, que aunque ya no estaban divididas por un muro, no se han conseguido equiparar.

Allí nos albergamos en casa de una familia con dos hijos, que se habían quedado ese fin de semana solos con el papá, Ola. Era la primera vez que albergaban a cicloturistas, y ellos tenían planes para verano con las bicis. Querían recorrer las islas Lofoten de Noruega, por donde nosotros también pasaríamos pero parece que no coincidían las fechas. Los chicos nos hicieron un delicioso arroz con leche para que repusiéramos fuerzas. Muy amables, la verdad.

A la mañana siguiente ya era domingo, nuestro séptimo día en ruta y parecía ayer cuando salíamos con la bici. ¡Todo marchaba sobre ruedas y nunca mejor dicho! Pero ya habíamos perdido la noción del tiempo y tampoco sabíamos que los domingos no abren los supermercados en Alemania. Suerte que encontramos un mercado callejero que nos apañó el día.

Ese día queríamos llegar hasta Brandemburgo, pero no encontramos nadie que nos hospedara allí, así que decidimos acampar por primera vez. Estábamos un poco nerviosos porque aún no sabíamos que justo en esa región era la única en la que la acampada está permitida. Aun así nos metimos en un parque natural un poco alejados del camino y allí empezó nuestra primera novatada de acampantes principiantes.

Tardamos un buen rato para decidirnos por el sitio, aunque lo cierto es que no pasó absolutamente nadie por allí, pero tampoco lo sabíamos. Montamos la tienda, preparamos todo y… Una vez ya dentro Miguel pensó que nos podría entrar sed por la noche y que podíamos meter una botella de agua. La mala suerte fue que la que metió estaba mal cerrada y el agua se derramó por toda la tienda, así que dormimos más bien mojados. Menos mal que tampoco hizo mucho frío. Tampoco está tan mal para ser el primer día de acampada libre.

Al día siguiente hicimos una pequeña visita a Brandemburgo, ciudad de la que nos llamó la atención los postes de electricidad, que se habían encargado de pintar para mimetizarlos con el paisaje. Dimos un paseo por un parque con flores y un viñedo, desde donde había buenas vistas de la ciudad. Ese día teníamos de destino Postdam y poco antes de llegar nos ocurrió una anécdota muy curiosa.

Resulta que para llegar a Postdam en bicicleta sólo hay un puente para cruzar un río. Ese puente es por el que pasa el tren y al que han hecho el paso peatonal, por lo que encima tiene escaleras. Pues después del esfuerzo de subir las pesadas bicis por allí, al llegar a la otra parte para bajarlas, nos encontramos con una excursión de niños que llevaban dos burros cargando con sus pertenencias. Los pobres burros estaban asustados de las escaleras, ya que además estaban pasando trenes y se quedaron atravesados a mitad de escalera, tratando de huir, mientras sus dueños trataban de impedirlo. Crearon un gran atasco y estuvimos un buen rato viendo el espectáculo hasta que por fin se movió un poco el burro y pudimos bajar. Al fin conseguimos llegar a la casa donde nos albergaríamos ese día, donde vivía una familia con dos niñas pequeñas. Vera, la mamá, nos recibió. Sabía un poco de español de haber vivido en Latinoamérica y Madrid y pudo practicarlo con nosotros. Pronto nos pusimos a jugar con las pequeñas y la verdad que pasamos una estancia muy agradable. A la hora de cenar nos enseñaron su canción para aprender a estar en la mesa. No hablamos alemán, pero la comunicación se hizo muy fácil, aparte de que Vera nos traducía muchas cosas también. Al día siguiente salimos a visitar Postdam, que resultó ser una pequeña ciudad al oeste de Berlín muy próspera y bonita. Estuvimos viendo el palacio real y sus jardines inspirados también en la cultura de otros países, como China, Italia o los Países Bajos. También nos sorprendió de esta ciudad que la mayoría de gente se movía en bici con los niños, como la familia que nos acogió y tenían muchas tiendas eco y variadas. La verdad era como un pueblo grande, el trato era bastante personal entre la gente y todo estaba bastante cerca. En principio nos íbamos a quedar solo una noche pero nos encantó tanto la familia que decidimos quedarnos un poquito más. La segunda noche el papá me llevó a ver un concierto de música clásica de la familia Bach, lo cual fue muy especial para mí, pues hacía bastante que no iba a escuchar música clásica en directo. Además pude probar el tándem en el que hicieron ellos su viaje en bicicleta. Miguel se quedó recogiendo y ayudando un poco en la casa. Las niñas no tenían ni tele ni móvil y se las veía muy curiosas por todo. La verdad que fue una delicia compartir esos dos días con esa familia, pero nuestro viaje continuaba camino de la gran capital.

Después de haber pasado esos dos días tan relajados en la pequeña Postdam, entrar al gran bullicio de Berlín se nos hizo muy estresante. Casas, coches, caos y ruido por todas partes en un viaje que, a pesar de ser corto en distancia, se nos hacía interminable, pues la pareja que nos acogía vivía casi a las afueras de la ciudad por el este.

De camino encontramos una tienda con alforjas de bici en oferta. Miguel cambió la suya delantera, pues la compramos para probar en una tienda muy barata y al poco se rompió, pero nos resultó muy útil para llevar las pequeñas cosas de más valor. Sara también tuvo un percance en los primeros días con una alforja delantera, que quedó un poco rasgada al apoyarla en una pared de piedra.

Paramos a comer en un Kebab en una plaza donde el tren va por puentes por encima de los coches. Lo cierto es que la gente que merodeaba por allí no tenía nada de buena pinta.

Llegamos muy desencantados de la ciudad a casa de nuestros anfitriones Heine y Diana, pero nos llevaron de paseo por unas zonas alternativas cercanas a su barrio y nos animamos un poco. Sara probó la salchicha típica de allí, según nuestro anfitrión el mejor curry wurst de la ciudad.

Pasamos tres días en la capital aunque decidimos ir andando a todas partes porque las bicis las teníamos en un quinto piso sin ascensor y nos daba pereza bajarlas, lo cual también fue un gran error, porque Berlín es demasiado extensa. Por lo menos Miguel se recuperó bastante del principio de tendinitis de su pie, a pesar de las largas caminatas.

Visitamos la East Side Galery, una parte que aún se conserva del muro de Berlín y donde los grafiteros dejan su arte. Allí nos fotografiamos con el famoso grafiti del Beso. De allí nos dirigimos al centro a ver la catedral, la puerta de Brandemburgo y el Reichtag, donde nos paramos en la explanada de césped a descansar. Más tarde continuamos camino hacia el barrio turco y el antiguo aeropuerto que ahora se encuentra en el medio de la ciudad y ha sido convertido en parque.

También visitamos la Alexander Platz, la cual tenía un ambiente diferente a la zona del Reichtag y más céntrica. Nos gustó más, la verdad. Y una chica con una guitarra ponía banda sonora al reloj mundial.

Llegado el día de partir nuestros anfitriones nos hablaron de sus viajes por EEUU, de cómo tardaban varios días en cruzar las enormes ciudades y otras historias interesantes.

Nuestro objetivo ese día era llegar hasta Polonia para poder acampar sin prohibiciones.

Salimos de la ciudad pensando que era una ciudad decadente y ruinosa, en la que tienen bastantes problemas con el agua, que tienen que sacar por tuberías que llenan las calles de colores. Lo único más cuidado es la parte turística del centro y la de las empresas, pero el resto es muy decadente. Tampoco nos pareció una ciudad muy allá.

Esta vez, la salida de Berlín fue bastante mejor que la llegada. Pronto se acabaron las casas, pero llegamos a la zona más decadente de Alemania, donde no hay carreteras hacia la frontera, las casas están abandonadas y en ruinas y nos vimos con ciertas dificultades para llegar a nuestro destino. Tuvimos que ir por caminos de caballos llenos de arena y barro, por donde había que empujar las bicis a ratos e incluso nos caímos alguna vez.

Al final se nos hizo más bien tarde, pero el panorama no acompañaba para quedarnos en esa parte de Alemania y casi de noche pasamos la frontera con Polonia. Al final acabamos durmiendo cerca de un cementerio, que consideramos que sería un sitio tranquilo.

 

Conclusiones

En estos trece días habíamos pasado de abandonar nuestro estudio en Almelo, Países Bajos, a llevar una vida nómada y atravesar un país entero. Habíamos hecho nuestra primera acampada libre. Habíamos vivido ya momentos de sol, de viento, de lluvia. Los primeros achaques y dolores de la bicicleta.  Pero teníamos las espaldas cargadas de experiencias, de anécdotas, de gente encantadora y de muchísimas historias. Y sobre todo, teníamos ganas e ilusión por seguir. Considerábamos muy positivamente el balance de este tiempo y nos sentíamos pletóricos y en nuestro sitio.

Pronto nos dimos cuenta, que a pesar de los primeros agobios por tener todo organizado y tener esa presión por llegar a los sitios, no nos hubiésemos enriquecido tanto ni conoceríamos tantos detalles del país de no ser por todas las personas que amablemente nos albergaron en sus casas y que compartieron su tiempo, sus vivencias y sus ideas con nosotros, así como su cultura y costumbres. Cada uno aportó su granito de arena enseñándonos su zona y dándonos sabios consejos. La verdad es que la mayoría del tiempo nos sentíamos como en casa.

Y la gente nos sorprendió mucho para bien. Llevábamos esa idea de que los alemanes son tan cuadriculados, pero son amables y generosos y no sólo los que nos proporcionaron hospedaje, también la gente que encontrábamos por la calle o por el medio de cualquier parte. Enseguida que te veían parado o mirando el mapa, te preguntaban si podían ayudarte, te recomendaban rutas para la bici… Son gente muy amable y atenta. Primer mito caído en este viaje. También descubrimos la diferencia que dejó la guerra entre las dos Alemanias y cómo Berlín es una ciudad decadente y no hablemos ya de Berlín hacia Polonia…

Pero esto no hace nada más que empezar, nuestro viaje continúa por Polonia.

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