Polonia

25/05/2017 | Sara

Después de habernos cruzado Alemania de oeste a este, amanecimos a la mañana siguiente en un nuevo país.

El paisaje había cambiado por completo. Ya no parecía el fin del mundo. Lo que veíamos nos gustaba, aunque las carreteras seguían sin ser muy buenas. Aprendimos rápidamente a pedir “zimna woda” (agua fría) en las gasolineras, ya que a pesar de ser muy simpáticos no entendían mucho el inglés y el primer día que pedimos “water” pusieron agua caliente en nuestras botellas de acero inoxidable, por parecer termos. Además las gasolineras de Polonia tienen wifi abierto, por lo que nos vino muy bien para planear nuestro recorrido por el país.

En la primera ciudad a la que llegamos la gente nos paraba y nos decía cosas sonriendo. No entendíamos nada de lo que nos decían, pero sus caras expresaban gestos de ánimo. Lo mejor eran los precios. Nos pudimos permitir comer de restaurante y de postre un “lody”, el cono de helado típico del país.

Nuestro camino continuaba hacia Poznan y como ya no teníamos prisa ni presión ni nada, acampamos también al día siguiente. Marchábamos a ratos por carreteras de doble sentido por las que circulaban también camiones y, de vez en cuando, se nos hacía un poco pesado por el tráfico. Debido al calor que hacía se formó una tormenta que nos pilló y nos refrescó, aunque nuestras zapatillas acabaron caladas.

Cuando ya habíamos conseguido llegar a la ciudad de Poznan, a las afueras, tuvimos otro pequeño percance. Íbamos por una carretera, al lado de la principal, que tenía badenes. Por no dar el salto los iba rodeando por un pequeño hueco que quedaba entre el badén y la acera. Miguel iba detrás de mí. Íbamos bastante despacio, pero en uno no calculó bien y acabó en el asfalto. Cuando lo vi paré enseguida y salí corriendo hacia él, pues estaba tumbado en el suelo y no se movía. La verdad es que era una caída muy tonta pero me llevé un buen susto. Por suerte llevaba el casco puesto, que fue el que chocó contra el suelo, y solo se hizo unos arañazos en el brazo y la pierna derechos. Al poco de estar allí un coche paró en el otro lado de la carretera y preguntó si llamaba a una ambulancia muy amablemente. Pero no era para tanto. Conseguimos llegar a casa de Magda y Pawel, nuestros anfitriones de ese día. Llegamos más bien tarde porque nos fue también difícil encontrar la casa, pero llegamos, que es lo principal. Al ver que el codo de Miguel sangraba nos ofrecieron curarlo lo primero y así lo hicimos, aparte de que Pawel nos ayudó a subir las bicis hasta el décimo piso donde viven y Magda nos recibió con un gran abrazo, que nos resultó un poco embarazoso por el sudor que llevábamos. Nos prepararon una cena con comida típica polaca y casera. La verdad que nos sentimos como en casa.  Esta pareja usaba la bici por la ciudad y viajaban a dedo, aunque les gustaría hacer algún viaje en bici, así que esta vez nos tocó a nosotros contar la experiencia. La verdad que no nos importaría compartir viaje con ellos en el futuro, son encantadores. A la mañana siguiente fuimos a ver la ciudad y quedamos maravillados. Poznan es una ciudad muy bonita, con una plaza central muy colorida y original y con una riqueza que nadie se imagina. Por casualidad entramos a una iglesia que tenía tanto oro o más que San Pedro del Vaticano.

Ese día íbamos a coger el tren hasta Varsovia, pues entre estas dos ciudades no encontramos nada de mucho interés y lo decidimos así. A la hora de comprar los billetes me tocó hacer dibujos para explicar que viajábamos con dos bicicletas, ya que las vendedoras no hablaban inglés.

Al despedirnos, Pawel nos hizo fotos y vídeos. Nos sentíamos como famosos. Fue divertido.

En la estación y a la hora de subir al tren, nos las vimos crudas con las bicis. La verdad es que los trenes no estaban muy preparados para dos bicis cargadas hasta los topes. Pero al fin llegamos a Varsovia. ¿Y qué pasó nada más llegar? ¡Pues que tardamos nuestro buen tiempo en salir de la estación porque no encontrábamos un ascensor por ninguna parte! Así que nuestra segunda experiencia con la bici en el tren dejó un poco que desear. Aunque también es verdad que el que cogimos en Alemania era de corta distancia y era como un metro.

Y al fin conseguimos salir a la calle de Varsovia. ¡Y vaya con Varsovia! No era para nada como la esperábamos. Una ciudad muy moderna con grandes edificios, un montón de gente por todos lados… Interesante.

Nos pusimos rumbo a casa de Dominika y Michael, una pareja de polaca y francés, que nos acogía en Varsovia. Cuando estábamos llegando una mujer nos paró y dijo: vosotros vais a mi casa. Justo era Dominika. Vivían también en un décimo o así, un piso muy alto del que había unas vistas fabulosas. Nos recomendaron sitios que visitar al día siguiente. Entre ellos el barrio de Praga, el cual nos había dicho un amigo polaco que conocimos en los Países Bajos que era el más peligroso de la ciudad, pero resulta que se había gentrificado y ahora es el barrio alternativo de moda.

Al día siguiente fuimos a visitar el barrio de Praga que era más o menos lo que esperábamos y enseguida partimos hacia el centro, que no tenía casi casco antiguo porque la ciudad fue destruida en la II Guerra Mundial, de ahí que sea tan moderna. El casco histórico había sido reconstruido usando viejos cuadros, por lo que mantenía el estilo original. Es el barrio más turístico y los precios también los han adaptado al turismo.

Buscamos un sitio para comer fuera del centro y acabamos en una especie de cantina donde todo el menú estaba en polaco escrito en una pizarra y no admitían tarjeta. Finalmente alguien que entró nos tradujo un poco y más o menos elegimos qué comer. La verdad que estaba muy rico. Una vez más acertamos en nuestra decisión.

A la tarde nuestros anfitriones daban una conferencia sobre su viaje en fat bike por Turquía y Georgia y no queríamos perdérnoslo. El sitio era un curioso bar de viajes. Nos pareció una conferencia muy interesante y aprendimos mucho sobre los países que habían visitado y sobre sus bicis. También nos sirvió de ejemplo por si nosotros también tenemos que dar algún día una conferencia. Acabada la conferencia, ya entrando la noche, volvimos en bici guiados por ellos. La verdad que fue muy divertida la experiencia de ir en bici por la noche por las calles de Varsovia.

A pesar de que Dominika nos recomendó visitar el parque de Bialowieza, el último bosque primario de Europa donde se pueden ver bisontes salvajes, nuestro viaje continuó en tren hasta Byalistok, donde también había muchos parques naturales.

En este tren tuvimos un percance. Fue más fácil subir las bicis, pero el pequeño espacio que tenía era para poner las bicis en vertical y como no iba muy lleno el tren ni el tramo era muy largo las dejamos simplemente apoyadas en la pared. Al pasar la revisora, que no hablaba inglés, empezó a decirnos que no podían ir así. Como nos parecía un poco absurdo, ya que las bicis iban bien sujetas no la hicimos caso. La chica recorrió todo el tren para encontrar alguien que nos tradujese al inglés y alegó que era un peligro porque obstruíamos la salida y no sé qué y que si no las cambiábamos nos echaba del tren en la próxima parada. Al final desmontamos solo la de Miguel porque tampoco cabían las dos y la chica se dio por contenta.

Nada más bajar del tren encontramos un cartel que indicaba que el esperanto, un idioma que pretendía ser universal, fue creado en esa ciudad. Mientras hacíamos turismo por la ciudad, encontramos a dos chicos a la puerta de la universidad encargados de cosas de turismo, que se sorprendieron y alegraron de que viajáramos en bicicleta y nos dieron mapas de la ciudad y nos aconsejaron seguir la Green velo, una ruta de bicicleta a través de los parques naturales. Nos sonó muy interesante y decidimos seguir esa ruta. Además nos dijeron que podíamos ver los bisontes en una granja. La Green velo no era como la esperábamos, teniendo algunos tramos un poco complicados, que nos hacían ir más despacio de lo esperado. Así que no conseguimos llegar a ver los bisontes ese día.

Esos días hacía bastante calor y también aparecieron los mosquitos, algunos bastante grandes. A Miguel le picaron en la única línea que había dejado descubierta entre en calcetín y el pantalón. Lo malo es que debe de ser un poco alérgico porque al levantarnos le había hecho reacción y se le hacían ampollas de pus en las picaduras, pero solo las que tenía alrededor del tobillo.

A la mañana siguiente resultó que habíamos acampado casi al lado de los bisontes y como era temprano y aún no era temporada turística los vimos tranquilamente nosotros solos y todo el tiempo que quisimos. También nos quedamos impresionados con las construcciones en madera de las casas del pequeño pueblecito donde se encontraba la granja de bisontes, Kiermusy. Pero antes de descubrir que estábamos al lado de los bisontes y después de la noche de los mosquitos, quedaban más animales que querían visitarnos. Habíamos acampado en un bosque muy mullido con plantas esponjosas encima de la turba, cerca de un camino. Cuando nos levantamos y llegó la hora de recoger yo fui incapaz. Aquello estaba lleno de hormigas gigantes que se te subían por las piernas y mordían. Daba igual que estuvieras moviéndote, conseguían subirse y morderte. No lo podía soportar, así que salí corriendo hasta el camino y tuvo que ser Miguel quien recogiera todo, que iba más tapado que yo.

Y por si parecía que no podía haber más bichos ya, al salir a la carretera, que además llevaba urgencia de ir al baño, vi la primera culebra del viaje. Estaba viva en medio de la carretera tomando el sol. Y me puse muy nerviosa, porque las culebras es de los animales que menos me gustan.

Por lo demás, a lo largo del día nos perdimos en varias ocasiones, pues a ratos, no estaba demasiado bien señalizada la ruta que seguíamos. El mejor momento llegó a la hora de acampar, pues a ver dónde plantas tu tienda cuando estas rodeado de humedales…Se nos echó la noche y los campings que aparecían en aquél famoso mapa o no existían o bien no éramos capaces de encontrarlos, los pueblos estaban desiertos y no había a quien preguntar. Al fin encontramos a unos chicos que nos llevaron hasta uno de los supuestos campings. Allí no había nadie, excepto un poco de verde a la orilla de un río detrás de una casa. Nos resultó suficiente, pusimos la tienda y a descansar por esa noche. Por suerte al lado del agua corría un poco de aire y parecía que los mosquitos nos daban un poco de tregua.

Cuando nos levantamos seguía sin haber nadie, excepto un señor que estaba sacando sus vacas a pastar. Así que nosotros continuamos nuestro camino hacia Augustov. Como teníamos días tan calurosos a pesar de ser aún el mes de mayo, nos apetecía parar a descansar y montar en kayak, así que nos dirigíamos veloces hacia allí. Pero cuando llegamos resultó ser una ciudad vacacional de turismo polaco y estaba llena de gente, debido al buen tiempo. Poca tranquilidad podíamos encontrar en aquel lugar, aparte de precios inflados para turistas. Decidimos continuar más adelante, pues en nuestro famoso mapa aparecían campings y un albergue. La verdad es que yo quería salir de esa ruta porque entre el calor y los humedales no había nada más que culebras, unas vivas y otras muertas, por la carretera. Para mí lo peor eran las culebras y para Miguel los mosquitos por la reacción que tenía. Había tramos exagerados, así que yo lo llevaba bastante mal y no quería tampoco acampar en cualquier lado, aparte de que Miguel tenía bastante mal las heridas del tobillo causadas por las picaduras de los mosquitos. Por el camino nos pasó un coche rojo descapotable con el conductor igual de rojo o más que el coche por el sol, ya que seguía pegando fuerte. A pesar de que íbamos por un camino, pegó el típico acelerón y poco le importó llenarnos de polvo. Nada más verlo venir ya pensé lo de siempre: el típico niñato. Se nos empezó a echar la hora y una vez más no encontrábamos las cosas que ponía en el mapa. El primer supuesto camping nada. Al rato había un albergue en un pueblo. Al final tras preguntar llegamos al albergue, que consistía en una casa y un prado detrás que llegaba hasta la orilla de un lago. La mujer no sabía hablar inglés. Así que no sabíamos muy bien qué hacer. A esto apareció el coche rojo que nos había pasado por la tarde. El chaval, a parte de un niñato resultó ser bastante majo y hablar inglés, así que nos estuvo traduciendo los precios y la mujer nos enseñó las habitaciones. Valía casi lo mismo acampar que la habitación y decidimos que por esa noche dormiríamos en la cama, aunque tuviéramos que compartir morada con arañas gigantes. Estuve curando las ampollas a Miguel, pasándole hilos para que supurasen, porque la verdad es que no tenían ninguna buena pinta y me estaban preocupando un poco. El chico del coche, que iba con una amiga, nos dijo que iban a hacer barbacoa en una zona que había habilitada para ello cerca del lago y estuvimos acompañándolos un buen rato, hasta que se hizo insoportable seguir allí por los mosquitos y por el cansancio. El chico nos contó que le encantaba correr y luego sobornaba a la policía para que no le pusieran multas ni le quitaran el carnet de conducir. También nos comentó que en el sitio donde íbamos a dormir se alquilaban kayak y que a la mañana siguiente ellos pensaban ir. A nosotros se nos habían quitado ya las ganas después de Augustov y teníamos más ganas de pasar a Lituania. Así que según amaneció cogimos las bicis y pusimos rumbo a nuestro próximo país.

 

Conclusiones

Nuestro paso por Polonia fue algo más rápido que por Alemania, pero también sacamos muchas conclusiones. Todo lo que vimos nos gustó muchísimo y nos pareció un país muy interesante de visitar. Sus ciudades son muy bonitas y tienen grandes monumentos y edificios muy lujosos llenos de oro. Además, la vida es muy barata allí y la gente vive muy feliz humildemente. Y aunque muchos no hablan inglés, enseguida te transmiten lo que pretenden y te dan ánimos al verte en bicicleta viajando. Así que, segundo país y segundo mito caído. Los alemanes te advierten que tengas cuidado con los polacos que te roban, pero lo cierto es que no tuvimos ningún incidente en este país de ese tipo y también nos sorprendió lo bonito que es y la riqueza que guardan sus monumentos. La verdad es que en muchos aspectos nos recuerda mucho a España, ya que el principal problema eran las instituciones.

También pudimos acampar cuando nos apetecía, llevar nuestro propio ritmo, dejarnos guiar por las indicaciones de los locales… Y también seguimos alojándonos con gente, que sin conocernos de absolutamente nada, nos abrieron las puertas de sus casas de par en par, ofreciéndonos todo lo que tienen y cuidando de nosotros como si nos conocieran de toda la vida. Esa calidad humana que en otras situaciones, a veces, es complicado de encontrar y que te hace sentir tan a gusto, como en casa.

Y después del percance con los insectos y reptiles, Polonia ha terminado, pero Lituania nos espera con los brazos abiertos. ¡Vamos allá!

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